La guerra… luego la paz
Daniel 5–7
2 Juan
El 7 de diciembre de 1941, un avión de guerra japonés, piloteado por Mitsuo Fuchida, despegó del portaaviones Akagi. Fuchida dirigió el ataque sorpresa a la flota de los Estados Unidos en el Pacífico, en Pearl Harbor, Hawai.
Durante los años de guerra siguientes, Fuchida continuó volando; a menudo, escapando por poco de la muerte. Hacia el final del conflicto bélico, se sentía desilusionado y amargado.
Unos cuantos años más tarde, escuchó una historia que despertó su curiosidad espiritual: Una joven cristiana, cuyos padres habían sido asesinados por los japoneses durante la guerra, decidió servir como misionera a los prisioneros nipones. Impresionado, Fuchida comenzó a leer la Biblia.
Al leer las palabras de Jesús desde la cruz, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34), entendió por qué la mujer podía mostrar bondad a sus enemigos. Ese día, Fuchida le entregó su corazón a Cristo.
Al convertirse en predicador y evangelista laico para sus conciudadanos, este ex combatiente demostró «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4:7), paz que disfrutan aquellos que han confiado en Cristo y han hecho «conocidas [sus] peticiones delante de Dios» (v.6).
¿Has encontrado esta paz? Sin importar por lo que hayas pasado, Dios la pone a tu disposición.
La verdadera paz no es la ausencia de guerra; es la presencia de Dios. —Loveless

¿Se me pondrá la carne de gallina cuando conozca a la persona adecuada? ¿Cuánto esfuerzo debo hacer para encontrarla? ¿Qué clase de persona quiere Dios para mí? ¿Y si a mi madre y a mi padre, o a mis amigos no les gusta la persona que creo es la adecuada? ¿Importa mucho si uno de los dos no es creyente?


